Viernes, 07 de abril de 2006
Salimos de Onigo con un día cargado que anunciaba tormenta. Después de casi dos horas de coche llegamos a Brescia, donde el tiempo no solo no estaba mejor sino que había uno de esos vientos calientes del verano que te hacen pensar que en cualquier momento va a caer una tromba que te va a estropear el día, pero por suerte aguantó.



Entramos en la ciudad histórica por una calle de casas de colores y torres medievales hasta que en la oficina de turismo un dependiente con muchas ganas de practicar su español (bastante bueno, por cierto) nos dio un montón de información sobre visitas, rutas, tiendas y demás. No es que Brescia sea la ciudad más bonita de Italia y, a la sombra de sus vecinas como Milán o Bérgamo, la verdad es que es menos conocida y mucho menos turística. Lo cierto es que agradecimos lo de poder pasear con calma sin vernos en el medio de una marabunta de extranjeros, sin tener que hacer cola para entrar en cualquier iglesia o para tomar algo en un bar.

Nos acercamos a la plaza a ver las dos catedrales, fuimos hasta las ruinas romanas (cerradas por obras) y visitamos algún palazzo obra de Andrea Palladio. Pero lo que más me impresionó fue la plaza de estilo fascista que el Duce mandó construir en pleno casco histórico y que permanece allí como un recordatorio de esa triste etapa de la historia italiana.

La verdad es que la Brescia turística se acaba pronto, así que decidimos, ya que nos quedaba de camino, acercarnos a conocer la orilla sur del Garda. La primera parada fue en Desenzano, un pueblo con mucho encanto. Tan pronto como te bajas del coche te invade la sensación de estar en un anuncio de Martín: yates de madera estilo años cincuenta amarrados frente a las terrazas del paseo, gente en bicicletas, callejas peatonales agradables para darse un paseo. Sin ser un sitio especialmente bonito resulta muy agradable.



Desde allí se llega a Sirmione en un momento, así que decidimos continuar. Sirmione es mucho más bonita que los otros pueblos de esta orilla del lago, pero eso le supone estar abarrotada de turista. Te das cuenta tan pronto como tienes que buscar donde aparcar y lo confirmas en cuanto le pones la vista encima a las tarifas del aparcamiento. Pero tan pronto como te das con la puerta de la ciudad fortificada, a orillas del lago, das por buenos todos esos gastos.

Sirmione parece una ciudad de cuento. Se entra a la ciudadela, en una península que se adentra en el lago, por una puerta que parece diseñada para una película de ambiente medieval. En el interior todo son callejas estrechas por las que corre una agradable brisa y que conducen hacia las playas, los embarcaderos, las ruinas romanas y los palacetes. En la orilla los manantiales termales sulfurosos le dan al agua del lago un color entre lechoso y azul-grisáceo característico y un olor no menos identificable. Desde allí volvimos por la orilla hacia el pequeño centro, a disfrutar sentados en un jardín sobre el lago de un enorme panino y un no menos grande helado.



Con las primeras horas de la tarde Sirmione empezó a desbordarse de gente, así que decidimos continuar el camino. Como estaba un día precioso decidimos dejar la visita a Verona para otro momento y acercarnos a alguno de los pueblos del lago a darnos un baño. Habíamos oído hablar bien de Torri del Benaco, así que cogimos la carretera de la orilla y nos fuimos para allá bordeando calitas y villas espectaculares. Aparcamos al lado del pequeño castillo y nos fuimos a una cala de cantos rodados. El agua estaba estupenda, y eso de bañarse en el Garda, en el mismo lugar donde lo hicieron entre otros Winston Churchill o Vivien Leigh (puede que George Clooney se encuentre en ese momento a pocos kilómetros en su yate) es todo un lujo que uno agradece especialmente en un verano en el que lo que tuvimos es bastante calor y bastante pocos baños.

= Gourmet de Provincias ==