Lunes, 12 de diciembre de 2005
Nos levantamos temprano para llegar a Trento antes de que el calor del mediodía fuese agobiante. Fue inutil. Como nos había dicho, Trento es un a caldera rodeada por montañas y a media mañana, en agosto, se superan los 30 grados y la ropa se te pega al cuerpo. Afortunadamente, las estrechas calles de la ciudad vieja y el interior oscuro de la catedral te permiten un respiro, recobrar fuerzas antes de volver a encontrarte con ese sol que a nosotros, atlánticos y del norte, nos resulta aplastante.



Trento es una ciudad cargada de connotaciones, uno de esos nombres que resuenan en la historia y que hacen que uno tenga una idea preconcebida antes de poner pie en ella. De entrada parece demasiado pequeña para tanto historia pero poco a poco, callejeando, uno va descubriendo que es una ciudad con una enorme personalidad, que solo puede ser fruto de una historia tan intensa. La plaza de la catedral, pequeña y recogida, no deja de ser una de las que más personalidad tienen en el norte de Italia.

De Trento saltamos a Bolzano, menos histórica pero algo más fresca, afortunadamente. Aquí nos llamó la atención el hecho de haber entrado de lleno en Tirol y la importantísima influencia germánica. Bolzano (Bozen, en alemán) tiene ya un aire decididamente centroeuropeo, con una catedral cuyo tejado vidriado mira más a Viena que a sus vecinas de Trento o Verona, mucho más próximas, con unas calles que podrían estar sacadas de Salzburgo o de Munich y con unos apellidos en muchos de los rótulos y placas de los portales que, decididamente, tienen poco de italiano. 

En mi opinión no se puede decir que Bolzano sea una ciudad preciosa, aunque si que tiene algún monumento interesante, unas cuantas calles agradables y, sobre todo, un entorno de montañas realmente espectaculares. Merece la pena parar aquí, aunque solo soea para una vista rápida.

La siguiente parada fue Bressanone, algo más al norte. Si Bolzano nos había tenido un cierto aire centroeuropeo Bressanone (Brixen en alemán) fue como saltar de pronto al corazón de Baviera. A pocos kilómetros de la Italia de Trento y el Garda nos encontramos con una catedral pintada al estilo del centroeuropa y, para completar la escena, con un Bierfest que parecía sacado del corazón de Baviera.



Algunos vecinos, rubios, bigotudos y de piel rosada, desde luego muy lejos del tópico italiano, paseaban con su traje tradicional tirolés, agarrados a enormes jarras de cerveza. Los puestos ofrecían salchichas, cervezas de varios tipos... Todo lo contrario de lo que uno esperaría encontrarse en un pueblo italiano. El centro, abarrotado, resultó ser muy agradable, con calles asoportaladas que se dirigen a la plaza de la catedral, que si por fuera ya resulta completamente germana, tiene un interior barroco que parece sacado de un manuel de estilo alemán.

Poco más arriba está el pequeño pueblo de Vipiteno, que también parece trasladado desde algún punto de Bohemia o de Baviera. La verdad es que Vipiteno, al menos la parte interesante, no es más que una calle larga presidida por la torre del reloj, con casas de colores con miradores sobre la multitud que pasea arriba y abajo. Aquí, en una bodega, compré un vino blanco de la zona mientras nos protegíamos de una tormenta de verano antes de seguir hacia el norte.



A última hora de la tarde llegamos a Val di Fleres, un pequeño valle entre picos de más de 3.000 metros justo en la frontera con Austria. Habíamos reservado un poco a ciegas en un pequeño hotel que resulto ser una preciosidad. Despues de pasar el último pueblo, donde se acaba la carretera que sube por el valle, aparece el hotel, instalado en una casa de madera en medio de unos prados al pie del bosque. Los dueños hablan italiano con un marcadísimo acento alemás y nos ofrecen una habitación con un balcón que da hacia las montañas. Puede verse una cascada cayendo entre los árboles del bosque y algunos picos nevados. Recuerdo que cenamos un poco de Speck (un gran descubrimiento que ya conocía de los recorridos por los Dolomitas), Spaghetti Amatricina, esa especie de plato mágico que tiene la propiedad de trasladarme a Italia cada vez que lo huelo, y un guiso tirolés. Nos acostamos temprano, cansados por el recorrido del día y verncidos por una cena tan contundente.



A la mañana recuerdo un desayuno con unos cuencos enormes de un yogur cremoso, de los mejores que he probado, y bajar por le valle con la primera luz del día sobre los picos antes de dirigirnos a Austria. Pero, como decía Michael Ende, esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.