lunes, 03 de octubre de 2005
Desde Onigo solíamos hacer pequeñas excursiones de unas pocas horas para aprovechar los días en los que decidíamos no hacer grandes recorridos. Así fue como conocimos Feltre, Marostica, Vittorio Veneto, Treviso, Bassano o Vicenza. Y asi fue, también, como conocimos Castelfranco Veneto.

Para mi Castelfranco es una gran muralla y una gran tormenta. Es una tromba de agua en pleno agosto, abrigándonos como podíamos en los soportales enfrente de la entrada a la ciudad amurallada, con las estatuas aguantando el chaparrón impasibles y con la gente, vestida de verano, resbalando en los charcos. Para mi Castelfranco es una catedral pequeña y una heladería enorme, un helado de melón y los pies empapados mientras callejeamos calados hasta los huesos. Es una estación de tren rodeada de bicicletas y la Madonna de Giorgione mientras el agua me corre por la cara. Es curioso, porque la sensación que me viene a la cabeza al pensar en el Veneto es de calor espeso, pero Castelfranco es todo lo contrario. A Castelfranco nos acercamos en otra ocasión a coger el tren a Venecia, pero ya no nos acercamos al centro. La tercera vez estábamos de paso hacia Chioggia. La pequeña Venecia, nos habían dicho, y eso hizo que nos acercásemos con desconfianza, despues de conocer Aveiro, la Venecia Portuguesa, que en realidad lo único que tiene de veneciano es un canal sucio.

Pero esta vez era cierto, Chioggia es la versión doméstica de Venecia, sin los americanos haciendo cola en los Mac Donalds y sin las riadas de turistas en las callejas. Es un pueblo marinero dominada por una imponente iglesia y con canales que parecen esconderse en calles laterales, con pequeños puentes que conducen a pastelerías desiertas, donde se puede comprar auténtica repostería de pueblo, con los ingredientes y el precio de siempre.




La brisa acompaña el paseo por la calle principal y la laguna parece desde aquí, desde el sur, otra laguna distinta a la que surcan los vaporettos atestados que amarran frente a San Marco.

A Chioggia se llega por una recta eterna que corre entre cañaverales y marismas, con patos volando rasantes y apenas algunas casas. Es una carretera que empieza en un supermercado a las afueras del pueblo y acaba en Mira. En el supermercado descubrí los Fagioli Borlotti, el Farro y, como no, el Radicchio Variegato de Chioggia. En Mira, despues de perderme varias veces en las rotondas, acabé llegando a una villa palladiana al borde de un canal.



Una villa que, a fuerza de ser imitada, parece ya más anglosajona que italiana, aunque el modelo es este y las copias son las inglesas y las americanas.

La otra vez que nos dirigimos al sur fue en una escapada larga a Florencia. Dormimos en Fiesole, en un pequeño Bed and Breakfast que era en realidad solamente Bed, porque el Breakfast había que ir a tomarlo al pueblo. Fiesole es el lugar ideal para apartarse del bullicio de Florencia (que algún defecto tenía que tener y es, precisamente, el exceso de gente).



Fiesole es un pueblo pequeño con unas vistas inmensas, un mirador, un teatro romano y una pequeña plaza encantadora estropeada por un aparcamiento al aire libre. Todos mis recuerdos de Fiesole son agradables: el ambiente, las vistas, el alojamiento, el salami milanés que compramos en un pequeño supermercado. Lo único desagradable fue un pequeño accidente de coche al bajar a Florencia, pero visto ahora, con unos cuantos años por el medio, uno no conoce Italia hasta que no conoce su tráfico de primera mano. Y nosotros lo conocimos de la mano de un electricista mayor, de unos 70 años, que fumaba en pipa y conducía como un suicida.

De Florencia, que merece varios posts para ella sola, ya hablaré en otra ocasión, así que continúo mi viaje en Bolonia -Bologna la Grassa, como suele conocerse- y, claro, cuando uno es aficionado a la gastronómia y viaja a Italia está perdido, pero cuando desembarca en Bolonia, entonces si que la cosa ya no tiene remedio.


Así que para mi Bolonia es libros de cocina Emiliano-Romagnola, Parmigiano-Regianno y una Nutelleria (gran invento), además, por supuesto, de torres inclinadas,calles porticadas, esculturas de Miguel Angel y tiendas de discos. Bolonia tiene la mala suerte de estar cerca da Florencia, aunque a lo mejor eso es lo que la salva de los millones de turistas.

De Bolonia a Ferrara hay un rato en coche y unos 10 grados de temperatura en verano. Ferrara en agosto es como sumergirse en caldo hirviendo a fuego lento aunque, aún con eso, es una ciudad con un encanto enorme. Llegamos a Ferrara tarde a mediodía, y despues de perdernos con el coche por la parte peatonal de la ciudad, conseguimos aparcarlo y llegar a sentarnos frente a la catedral para tomarnos una ensalada fresquita mientras mirábamos pasar las bicicletas.

La catedral de Ferrara es un exceso de arquivoltas y marmol blanco y se mira frente a frente con el imponente castillo. A sus espaldas las calles con casas de colores conservan la tranquilidad que uno desearía encontrar en otras ciudades. Una academia de idiomas buscaba un profesor nativo de español. Estuve muy tentado. Ferrara aún no está acostumbrada al turismo de masas. Se nota en sus postales, de aspecto viejo, y en las pocas tiendas de recuerdos. Ese es uno de sus grandes atractivos


Publicado por Eva_en_Italia
lunes, 03 de octubre de 2005 | 17:11
:ch) Brindaba con Blanca por su post y ahora lo hago contigo. Realmente impresionante. Deberíamos poner una advertencia al principio, tipo: "no leer en caso de morriña intensa" ¡Quiero regresar a Italia YA!!! :y)
Ahora necesito el doble de días para visitar muchos más sitios que ni sabía que existían.
Publicado por Alessandro.ne
martes, 04 de octubre de 2005 | 14:38
Fiesole es el pueblo donde yo estuve de nino... es el pueblo de mi segunda casa y donde para relajarme me voy tal vez en un minuto! saludos jorge
Publicado por Eva_en_Italia
martes, 04 de octubre de 2005 | 16:33
Alessandroooo... :to) ¡Como te gusta ponernos los dientes largos!!!! ;)
Publicado por Alessandro.ne
martes, 04 de octubre de 2005 | 19:58
porke !!! no me decir asi u te como !!!! jajaja