Mi relato empieza ante un plato de jamón San Daniele con higos. Estamos a mediados de agosto, es de noche. Acaba de haber una de esas tormentas veraniegas de la llanura véneta. Probablemente esta tarde estuvimos en algún sitio impresionante como Castelfranco, Feltre, puede que Vittorio Veneto. Pero no consigo recordarlo, puede que fuese ayer, o hace dos días, o puede que mañana.
Nos han hablado de una zona de playa menos masificada que Lido de Jesolo o Eraclea Mare, y aunque no son las playas atlánticas a las que estamos acostumbrados, nos apetece darnos un baño. Además, yo siempre he querido conocer Trieste, que asocio en mi imaginación a tantas referencias -Joyce, Segunda Guerra Mundial, Imperio Austrohúngaro, etc.- que hacen que sea una ciudad con un atractivo especial. Mientras cenamos nos hablan de Grado, de Aquileia, de Duino.
Por la mañana temprano salimos temprano. Hace uno de esos días húmedos y calurosos que le hacen a uno pensar en Camboya más que en el norte de Italia. A casi 40 grados y con la camisa empapada pegada al cuerpo, lo último que apetece es un atasco en la autopista. Pero es lo que toca. Habíamos pensado que tal vez desde Trieste podríamos cruzar a Eslovenia y a Croacia (el cambio entre estos tres paises puede hacerse en apenas 20 Km), pero un partido de Futbol Itala-Eslovenia que va a jugarse en una ciudad fronteriza es declarado de máximo riesgo y se cierra temporalmente la frontera. Son solo un par de días, pero suficientes para que nos quedemos sin conocer esos paises. Miremos el lado bueno, así pudimos conocer mejor esta zona de la costa Italiana.
Llegamos a Trieste a media mañana. La ciudad está desierta y en cuanto nos bajamos del coche entedemos la razón. El calor es sofocante. La plaza, abierta al mar, me recuerda inmediatamente a Lisboa, a la Praça do Comercio. La arquitectura aquí es menos uniforme, más propia de mercaderes adinerados del S.XIX que de aquella nobleza decadente de la corte lisboeta del S.XVIII. La plaza tiene un encanto especial, es completamente distinta a los tópicos sobre la piazza tradicional italiana. Realmente merece una visita.
Callejeamos un rato por el barrio neoclásico, de calles paralelas y rectilíneas, seguimos el itinerario de Joyce -que vivió en esta ciudad unos años- que nos han indicado en la oficina de turismo y llegamos hasta el teatro romano. No puedo evitar –nunca puedo- entrar en un supermercado. Al final solo compro salvia y paprika, pero tengo que entrar.
Volvemos al coche y serpenteamos por las calles empinadas del casco viejo hacia la parte alta de la ciudad. La catedral es modesta pero tiene cierto encanto. Las vistas desde el mirador que hay a la entrada son espectaculares y algunos de los mosaicos son realmente bonitos. El calor se va haciendo asfixiante a medida que nos acercamos al mediodía, así que decidimos buscar donde bañarnos.
Bajamos hasta la costa en el coche y empezamos a bordearla por la carretera que sale de la estación hacia el castillo de Miramare. Todo son baños privados -esa manía italiana de hacerte pagar para disfrutar del mar- pero, finamlente, encontramos un trocito de Spiaggia Libera, más bien una zona del malecón acondicionada para el baño, porque en Trieste no hay playa.
Está justo al límite de la zona protegida de la reserva de Miramare. El castillo parece una pequeña tarta nupcial asomada sobre un mar transparente. El baño es, probablemente, uno de los mejores de mi vida. Nada que ver con las aguas turbias de Eraclea Mare. El agua es transparente y está a una temperatura increible. El fondo, rocoso, con algas de todo tipo, puede verse incluso a varios metros de profundidad.
Salimos del agua mucho más frescos y de mejor humor, aunque también más hambrientos, y continuamos el camino. Llegamos a Duino, que solo conocía por las "Elegías de Duino" de R. Rilke, en poco más de 20 minutos. Es un sitio agradable, que recuerda en cierto modo a la Costa Brava, pero está tan masificado que dudo que el poeta alemán pudiese reconocerlo. Desde Duino continuamos hacia Grado y Aquileia, pero de eso hablare otro día.