Hay mucha Toscana más allá de los tópicos, más allá de Florencia, de las torres de San Gimignano, de los vinos del Chianti y de la catedral de Siena. otro día hablaré de esa Toscana más de postal, pero hoy prefiero hablar de mis recuerdos de la Toscana menos conocida, menos abarrotada por los americanos y los ingleses, menos plagada de tiendas de recuerdos y menús del día.
Finales de Agosto, media tarde. Volviendo hacia Florencia desde Pisa decidimos subir a visitar el casco viejo del pequeño pueblo de San Miniato, del que alguien nos había hablado. La parte nueva, en la zona baja de la colina, no hace pensar en un pueblo demasiado bonito. Desde allí la carretera culebrea dos o tres kilómetros hasta una cima con vistas hacia el sur. Salir del valle del Arno, superpoblado y muy estropeado y encontrarse de golpe con las vistas del norte de la Toscana es toda una impresión
El casco viejo está encaramado en la cima y le da la espalda al Arno, asi que desde casi cualquier rincón hay unas vistas espectaculares hacia el campo toscano que, esta vez si, recuerda a las postales con campos de trigo y cipreses.
Compramos unos helados enormes, creo recordar que el mío era de melón (otros tienen memoria fotográfica, yo la tengo para los sabores) y subimos a pie hacia la casa del ayuntamiento, con estucos de época barroca, y a la catedral, en la parte más alta. La catedral de San Miniato llama la atención en esta zona toscana. Despues de ver las iglesias florentinas y pisanas, San Michele de Lucca o la catedral de Pistoia, una modesta catedral de ladrillo, de pequeñas dimensiones, es bastante llamativa y parece estar casi fuera de sitio. Es una sensación pasajera, pronto entiendes que no puede estar mejor situada.

Nos sentamos en una balaustrada de piedra mirando hacia el oeste.No había ningún turista y solo vimos a un cura que salía de la catedral y se marchaba en su coche. El sol estaba a punto de ponerse y el paisaje era realmente de película. Recordé que tenía un helado en la mano cuando comenzó a gotearme hasta el codo. El cielo empezó a teñirse de naranja y el campo se puso de un color dorado oscuro difícil de olvidar. Al darnos la vuelta nos encontramos con la catedral de un rojo encendido, iluminada por los últimos rayos de la tarde. La catedral no tiene la elegancia de sus vecinas, pero a la luz de la tarde de verano es, sin duda, uno de los mejores recuerdos que tengo de la Toscana.
Un par de días después volvíamos de Siena hacia el norte. Siena, agosto, no hace falta decir que casi había que abrirse paso a codazos entre los turistas que atascaban las callejuelas del caso antiguo y que había que hacer cola para hacer fotos en los lugares más turísticos. Saturados de tanta masificación decidimos marcharnos a comer a algún sitio más tranquilo, camino de algún lugar menos frecuentado, así que salimos hacia Volterra.
A mitad de camino dimos con Colle di Val d'Elsa, una aldea encaramada en una cresta que nos llamó la atención desde la carretera. La cresta es tan escarpada que la aldea, para adaptarse al poquísimo espacio, tiene las calles construidas casi encima unas de las otras, de forma que si una calle es normal, la paralela por abajo es subterránea, la siguiente, normal y así sucesivamente. Es un pueblo sin demasiados monumentos, pero que merece una visita, aunque sea solo para desintoxicarse de tanto exceso turístico.
En una placita encontramos un restaurante, más bien una taberna, con cuatro mesas y un mostrador de madera, de los de toda la vida. Entramos a comer. No fue una mala idea. Pronto nos dimos cuenta de que no tenía nada que ver con los restaurantes baratos de Florencia o de Pisa. De entrada nos ofrecieron unas Bruschette de mollejas de pollo que estaban impresionantes, despues pedimos pasta (creo que con setas)y, por fin, tuvimos la sensación de estar tomando una comida casera.
Continuamos el viaje por una carretera secundaria en dirección a Volterra. El paisaje en esa zona era una auténtica preciosidad, casi sin construcciones, con alguna que otra granja aislada y algún ciprés suelto. Volterra es otra joya afortunadamente poco explotada. No es tan monumental como sus vecinas y está un poco alejada de los recorridos turísticos principales y eso es lo que la salva. A la entrada de las murallas un cartel recuerda la liberación de los nazis en 1944.
Volterra fue, antes de Roma, la capital de los etruscos, ese pueblo casi desconocido que habitó las llanuras toscanas hace tres mil años. Aquí compré un par de réplicas de hallazgos arqueológicos etruscos. Me gusta especialmente un anillo en el que aparecen dos cabezas de lobo como remate, una de ellas mordiéndole un ojo a la otra. A las afueras del pueblo, pasando por el teatro romano, se encuentra el santuario de Le Balze.
La tradición dice que estaba sobre una colina que empezó a derrumbarse poco a poco hasta que las oraciones de un monje pararon la catástrofe apenas a un metro de la puerta de la iglesia. Así sigue desde el S.XVII.
En una curva de la carretera, cerca del santuario, encontré un supermercado en el que descubrí el Pecorino Toscano. Los pecorinos (quesos de oveja) son frecuentes en casi toda Italia. Los más célebres son los de Cerdeña y los Toscanos. Yo había probado el romano, comprado en un pequeño supermercado del Trastevere, pero reconozco que este estaba mucho mejor. No puede evitar parar en los supermercados cuando visito zonas nuevas. En este caso fue una decisión acertada.
Recomiendo Volterra a quien quiera tranquilidad, a quien quiera ver lo poco que queda de la Toscana norte en estado puro, sin villas compradas por Sting, sin cementerios americanos, sin Rent-a-Car que solo hablan inglés. Visitar esta zona al atardecer hizo que entendiese la fascinación de Toscana sobre cualquiera que haya pasado por allí en los últimos 500 años. Yo solo fui uno más.