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Gourmet de Provincias
Entramos en Italia por Ventimiglia un 2 de agosto a primera hora de la tarde, después de unos 1.500 km. en poco más de un día. Habíamos salido de Santiago la víspera, bien temprano, y nos plantamos en Toulouse en unas 14 horas. Al día siguiente más de lo mismo: madrugón y autopista hasta la hora de comer, en un área de servicio con un mirador encima de Mónaco, y de ahí a Italia.
Ese primer día no tiene demasiado que contar. Autopista, autopista y más autopista. Italia de lado a lado, de oeste a este (o casi) en poco más de siete horas: San Remo, la costa de la Liguria, las montañas hacia Alessandría y la enorme llanura Padana antes de meternos en el tráfico de la autopista Milán-Venecia y desviarnos hacia Vicenza y Castelfranco Veneto.
Nuestro destino era una aldea, tres o cuatro casas en realidad, llamadas Borgo Fagaré, a las afueras de Onigo di Pederobba, más o menos a medio camino entre Bassano del Grapa, Treviso y Feltre. A la llegada, ya anocheciendo, nos encontramos con un plato de Spaghetti Amatriciana recién servido, en la cocina de nuestra amiga Nadia. Eso y un poco de jamón San Daniele con higos y arándanos, además del cansancio y las ganas de comer por fin algo caliente, me imagino- consiguieron que esa primera cena sea uno de los mejores recuerdos que tengo de Italia.
Después de un día de descanso para recuperarnos, comenzamos nuestro periplo italiano, primero hacia zonas más cercanas, como Bassano, Asolo, Vittorio Veneto, Conegliano, y después alejándonos gradualmente.
De esos primeros días tengo recuerdos estupendos como el precioso pueblo de Asolo, en medio de las colinas que llevan su nombre, y la tienda de gastronomía de Enzo, un lugar que recomiendo a cualquier visitante que pase por la zona por la cantidad de productos y por conocer a Enzo, todo un personaje que habla hasta por los codos y que te vendería hasta el mostrador de la tienda.
Asolo es un pueblo pequeño, lejos de las rutas turísticas y con tráfico restringido. Paseando por sus soportales se tiene una idea de lo que debió ser Italia en sus mejores tiempos, antes de que los visitantes y los negocios para turistas lo invadiesen prácticamente todo. Parece ser que fue uno de los pueblos favoritos de Napoleón, que incluso se mandó construir una villa en las afueras, aunque nunca llegó a utilizarla. La historia a veces da giros inesperados.
De estos primeros días guardo un recuerdo surrealista. Desde Bassano, que me llamó la atención por sus excelentes tiendas de embutidos y por un helado de melón antológico, nos acercamos a Marostica y, antes de entrar en el pueblo, subimos al castillo, desde donde hay unas vistas impresionantes de la llanura.
Nada más bajar del coche y asomarnos a los miradores sobre el pueblo nos sorprendió el sonido de gaitas escocesas, que no conseguíamos ver de donde llegaba. Al bajar al pueblo y dirigirnos a su célebre plaza ajedrezada nos vimos en medio de una boda escocesa, con gaiteros e invitados vestidos con el kilt tradicional. Sorprendente: agosto, treinta y tantos grados, nordeste de Italia, boda escocesa y gaiteros. Imaginad la escena.