Así, sin quererlo, con todo esto de internet y del correo electrónico hemos perdido mucho. Recuerdo de pequeña como esperaba cada mañana con impaciencia a que llegase el cartero a casa. El buzón era como un cajón de tesoros y cuando lo abría y tenía carta... eso era un momento mágico.
Todo empezó un día que la hija de una amiga de mi madre me enseñó un papelito de colores. Era en realidad una propaganda de
International Youth Service, que es una organización finlandesa que se dedica a buscar amigos por correspondencia. Rellenabas tus datos, nombre, dirección, edad... y tenías que elegir varios paises de los que te gustaría recibir cartas. Costaba 100 pesetas y te aseguraban correspondencia con un niño o niña de alguno de esos paises y además, si querías, podías recibir cartas sorpresa de otros paises.
Lo envié y pronto comencé a escribirme con una chica de Canada. Se llamama Kelly y vivía en Ontario. Recuerdo que la primera carta que me envió venía llena de pegatinas, el sobre con un montón de dibujos y papel de cartas de colores. Incluía una foto donde estaba en el salón de su casa con sus padres y abuelos.
Me hizo muchísima ilusión y me sirvió para mejorar mi inglés, que por entonces era bastante limitado. Después empezaron a llegarme cartas de otros amigos, Claudio de Roma, Jindra de Praga, Marco de Ecuador, unas cuantas japonesas, una niña de Finlandia, un americano y muchos más que ya ni recuerdo.
Poco a poco la gente se fue organizando y como
International Youth Service únicamente es para gente hasta 18 años, se creaban unos libritos que se incluian en las cartas. Allí ponías tu dirección y de donde querías penpals, se lo enviabas a tus amigos y ellos lo pasaban a otros. El librito podía dar la vuelta al mundo y al final, volvía a ti con un montón de direcciones de gente de cualquier lugar del globo.
Fue mucho lo que aprendí, ya no de idiomas, sino de costumbres que yo entonces no podía ni pensar. Recuerdo cuando mi amiga de Chile me escribió contándome que tenía la peste cristal... me quedé tan preocupada pensando que esa niña tenía peste, hasta que mi madre me contó que la peste cristal allí es como se llama a la varicela. Fue tranquilizante saber que no tenía nada malo, yo misma acababa de pasar la varicela hacía unas semanas.
Claudio, el romano, recuerdo que era de la Juve y teníamos buenas conversaciones en nuestras cartas rivalizando con el futbol. Además de eso, me contó todas sus aventuras de vacaciones, sus primeros amores y su decisión de estudiar esta u otra carrera.
Jindra vino a mi casa desde Praga y estuvo unos días conmigo. Poco a poco dejé de escribir cartas por falta de tiempo y aunque no lo quieras, el contacto comienza a perderse. Hoy en día no me escribo con ninguno de ellos, seguramente me daría pereza ponerme a escribir una carta. Y es una lástima.
Nunca un e-mail sustituirá la magia que tiene una carta escrita a mano. El abrir el sobre y encontrar una foto, una postal de su ciudad, un regalo sorpresa... no tiene precio. Lástima que esto, como tantas cosas, se ha perdido ya.